Mudanza, siempre difícil
En la escuela, mis amigos me molestaban por mi situación. A veces, eran muy crueles. Disfrutaban hacer un paralelo entre mi vida y la de aquel joven del anime japonés Tom Misaki (Súpercampeones). Ambos, él desde la ficción y yo desde la realidad, teníamos un padre cuyo trabajo le exigía necesariamente tener que viajar por el mundo constantemente. Y para colmo, a mí también me gustaba el fútbol. Ya no.
El tema es que tuve que acostumbrarme al poco sedentarismo de mi progenitor. Se dedicaba al cobro sistemático de deudas financieras contraídas por organismos no-gubernamentales (ONGs). En todos los continentes. ¡Qué iba a imaginarme yo, cuando pequeño, en un escenario de bosques africanos y fauna salvaje! ¡Cómo pensar en visitar la maravillosa zona de México y sus milenarias civilizaciones antiguas!
Ahora, al mismo tiempo que ser errante significa enriquecerse con situaciones nuevas, también constituye un abatimiento de nuestras más profundas estabilidades emocionales. Es que establecer vínculos amicales y perennizar estilos de vida es una experiencia muy intensa. Y, de pronto, cortar todo es muy difícil. Sé que el ser humano es un animal de costumbre; pero, ¡cómo cuesta, a veces! Casi siempre.
Al inicio del presente texto, cité a mis compañeros de colegio, que gustaban burlarse de mi condición nómada. Pero no eran todos. Recuerdo largas despedidas. Incluso de los corazones con los que congenié. Continuos dolores, trasnochadas maldiciones. Cómo olvidar, por ejemplo, los golpes (verbales) contra mí y mi propio padre. Contra el destino. Siempre nos íbamos. Y el aeropuerto fue el eterno testigo de mis reniegos.
Desde el punto de vista arquitectónico, cada casa que habitábamos estaba perfectamente construida. Buenas paredes frontales, todo limpio, en orden. La dificultad surgía cuando había que interactuar con los vecinos, nuevas personas. Nosotros, extranjeros de nacimiento, nos veíamos imposibilitados de comprender muchos de sus códigos comunicativos y comportamentales. Nuevamente, había que adecuarse. Y así, muchas, pero muchas veces.
Pasamos por casonas viejas al sur de Barcelona y condominios más o menos exclusivos en Madrid. También llegamos a Miami y su sol costero y actriz. Oceanía y sus islas nos dieron, asimismo, una bienvenida a lo grande. ¿Qué más? Italia nos pareció un lugar idóneo para empezar a ser sedentarios. Algunas veces, ya estábamos a punto de dar el giro final, pero el reiterado interés comercial de quien me dio la vida no lo permitió.
De hecho, mi vida es extraña. Ya tengo 27 años y no quiero dedicarme a ser el engreído de papá. Creo que una vez él mismo se dio cuenta: empecé a estudiar Administración Hotelera en una universidad valenciana. Ya estaba todo listo. Es más, habíamos opinado que la mejor forma de llevar mi carrera era vivir en España. Mi padre había aceptado. Pero un maldito mal de respiración me dejó leyendo libros en un hospital estadounidense.
¿Si tengo objetivos? Claro. Porque no todo ha sido malo. Mi progenitor ha montado una consultora internacional en temas de cobranza y derecho laboral. Coordinaremos bien para que empiece mi preparación profesional. Y poder codirigir la organización. Por lo menos, he advertido algo crucial en mi vida: lo mío es el estudio. Lucharé para desarrollarme, en un mismo lugar o de avión en avión.
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