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Los adorables vecinos que siempre nos tocan

Elegir una casa o apartamento ya de por sí es una tarea difícil, más aún cuando la  duda gira entorno a la cabeza y la rivalidad entre lo que queremos y lo que podemos conseguir se hace épica. Una inmobiliaria  seria y respetable aligera las interrogantes  diseminando estratégicamente las cualidades de la propiedad en cuestión, haciendo de nuestra elección una sencilla e inevitable deducción de su  planificado modus operandis de venta.

 

La relación  permanente entre lo que se sufre para tomar la decisión y lo que se puede llegar a sufrir una vez tomada la misma, es casi siempre directamente proporcional al tiempo que  le toma a uno darse cuenta de lo equivocada que fue la decisión. A veces pensarlo mucho  solo conlleva a errores.

 

Y los errores se agravan cuando los vecinos de turno son insoportables. Ningún vendedor ni representante inmobiliario  describe,  ni asolapadamente siquiera, la tipicidad de vecinos que  nos ha de tocar, no nos hablan del insoportable ruido de a lado, de la chismosa de en frente ni del deambular dominguero y encima mañanero de la viejita  que busca conversa o tasitas de azúcar. Nada. Todo eso es como una cuota extra que se paga  inmaterialmente y más bien con el hígado y por cuotas de bilis.

 

Es cierto que también existen los buenos vecinos, esos que siempre te saludan con una sonrisa y te hablan de lo bien que esta el clima y de lo prolongado del tráfico, esos son los mejores. Aquellos que solo te los encuentras cuando sales con dirección al trabajo,  pocas veces cuando regresas si tienes la poca fortuna de regresar tarde. Pero los fines de semana, esos mismos también se vuelven insoportables cuando te los cruzan  y luego del saludo y la sonrisa amable te das cuenta que restan varios minutos para intercambiar frases, pero que ninguna sale de tu cabeza, entonces te das cuenta  de lo incómodo de la situación y esperas presuroso la despedida ante tan claro estado de silencio. 

 

Y siempre esta el tipo que a la fuerza quiere ser tu amigo, aquel que te lo encuentras donde menos quieres y cuando menos piensas, ése que te invita una cerveza y cree ser tu guía porque eres nuevo y  acabas de mudarte, que te enseña las características y debilidades de cada personaje  que habita alrededor de tu casa o apartamento. Ese inefable.

 

Si todo eso sería advertido en algún folleto o resumen florido de las inmobiliarias, quizás el negocio sería aún más complicado, quizás la decisión nos tomaría más horas y más pérdidas de sueño de lo que nos lleva ahora, quizás por más que nos preocupemos y se esfuerce el agente inmobiliario en  reducir los riesgos de rodearnos de  tan indeseable calidad de vecinos, quizás aún así, los mismos indeseables y tan característicos vecinos nos premien siempre con su presencia.

 

Una propiedad  se aprecia no solo por su valor de compra, sino también por su capacidad  de brindar una cultura de vida  generosa en tranquilidad y paz. Los vecinos ayudan muchas veces a  deteriorar este objetivo, pero muchas veces también nos aligeran  los malos tiempos y  resaltan los buenos. Una  ironía total que los hace  queridos.

 

 

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