La casa de mi perro
Estaba en casa descansando después de un día de trabajo, cuando uno de mis hijos se acercó a preguntarme si podía tener un perro, me prometió que él se encargaría de todo y que yo no me preocuparía. Un amiguito de su colegio le había ofrecido un cachorrito, su perra había tenido cuatro perritos y no podía quedarse con todos. Entonces le propuso a mi hijo darle uno. José, así se llama él, aceptó gustoso la idea, siempre le han gustado los animales. En casa de mi madre hay un perrito y José cada vez que va no deja de jugar con él, le da su comida, hasta una vez lo quiso traer a la casa. Miré a mi hijo la carita con la que me decía que se comprometía a cuidar al animal, que no sabía como decirle que no era posible. Sólo le dije que tal vez más adelante podría tener uno, pero que en ese momento no. La carita de mi José cambio totalmente, paso de una alegría a una tristeza. Trató de hacerme cambiar de opinión, pero mi negativa no cambió. Cuando todos los recursos fueron agotados, subió a su dormitorio. Su madre fue a darle las buenas noches y él le contó lo que había pasado en la sala, ella con una ternura natural, le prometió ver que podía hacer. Al irme a recostar, ella me miró, comenzó a interrogarme con esos grandes ojos marrones. Le comenté que me sentía mal por haberle negado a nuestro hijo a tener una mascota, pero que no estábamos en condición de cuidar a un perro, éramos seis en la casa. Ella me replicó que no tenía importancia la cantidad de miembros en la familia, además ese cachorrito daría tanta alegría a nuestros hijos. Yo me mantuve firme en mi posición. “Un perro por ahora no”.
Esa noche me acosté y los remordimientos no me dejaban dormir, hasta que por fin me quedé dormido. Suena el despertador, no es posible he dormido tan poco aún estoy cansado. “Eduardo, ya es hora de ir al colegio”, mi madre me levanta. “No al colegio, todavía tengo sueño”, pienso mientras mi madre me quita las frazadas de encima. -“Ya levántate, que vas a llegar tarde”, me decía ella.-“No, cinco minutos más”, yo le respondía y seguía en la cama.-“Pericles” dijo mi madre y silbó.
De pronto un cuerpo peludo se abalanzó sobre mí, era mi perro, mi madre siempre que no podía levantarme se valía de mi perro que con dos pasadas de lengua se encargaba de levantarme. Era mejor que el despertador. Luego de irme a bañar después de las muestras de afecto mi perro, me alisté y me fui al colegio. La razón por la que no quería ir a clases, era que teníamos examen y no había estudiado. Llegué al salón corriendo y la maestra estaba a punto de cerrar la puerta. “Pase, más temprano para la próxima”, me dijo ella con esos lentes de montura negra. Entregó los exámenes, me pase de frente a la segunda pregunta, cuando leí la primera no la entendía. Así estuve saltándome de preguntas, al final respondí unas cuantas, las necesarias para aprobar el curso. Salí del colegio corriendo, tenía programa una sesión con Pericles, hoy tenía sus clases de trucos, ya habíamos perfeccionado algunos. Queríamos entrar al concurso de mascotas, llegó a casa pero mi perro no me recibe, me pareció raro lo busqué por toda la casa y no estaba. Mi madre estaba en la cocina y le pregunté por Pericles. Ella estaba con los ojos hinchados, parecía haber llorado, me tomó del brazo y me hizo sentarme en la silla de la cocina. Estuvo unos minutos tratando de decirme algo, pero no entendía. De repente se me vino a la mente no puede ser le paso algo malo a mi perro, mi madre nunca se ha puesto así.-“¿Qué le pasó a Pericles?”, le dije llorando.-“Hijo un auto…”-“No puede ser, mi perro, no…”, la interrumpí y me eché a llorar.Mi madre trató de consolarme, pero no pudo.-“¿Dónde está?”, le dije.-“Se lo llevaron ya”, me respondió.Me fui corriendo a mi dormitorio, no paraba de llorar.”¿Por qué?”, me preguntaba. Estaba desconsolado, cuando llegó mi padre y comenzó a hablar conmigo, me prometió que iban a despedir a Pericles como se lo merece y quién lo había hecho ya estaba recibiendo su castigo. Estuvo conmigo todo el día. Al día siguiente comencé aguardar las pertenecías de mi perro en una caja, mientras lloraba cada vez que me acordaba de las cosas que habíamos pasado juntos. En la tarde le dimos la despedida respectiva.
“Amor, ya es tarde”, me dijo mi esposa. Miré el reloj, tenía razón, me quedaba sólo media hora para llegar. Me dijo que toda la noche tuve quejándome, al parecer que tuve una pesadilla. Baje a desayunar, estaban todos mis hijos abajo, parece que José les había contado de mi conversación de anoche. Todos me miraban tristes y molestos. Mientras tomaba desayuno comencé a recodar mi sueño y me di cuenta que la razón por la que no quería que mis hijos tengan un cachorro, era ahorrarles la pena que era perderlo. Me fui a trabajar, despidiéndome de cada uno de ellos.
En la tarde llegué con una casita, la puse en el jardín lejos de las flores de mi esposa y con un letrero. Ese día mientras estaban en la sala tocaron la puerta, era la mamá del amiguito de José, con un cachorrito en la mano. Al verlo todos se alegraron y corrieron a cargarlo. Los llevé al jardín y vieron la casita y el letrero, les dije que colocaran su nombre. Estuvieron un momento discutiendo hasta que quedaron en “Manchas”. José el mayor puso el nombre en el letrero de la casita y desde ese momento tenemos a nuestro perro en casa.