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Casa nueva en el vecindario

La primera vez que me topé con ella pasó inadvertida. La segunda  como la primera, fue una situación totalmente fortuita. Yo iba caminado por la acera distraído, pensando e imaginando cuando dejaría de tener que ser el encargado de sacar a pasear al perro, cuando iba a poder dejar de levantarme temprano para ir al trabajo, cuando irían a ascenderme y dejaría entonces de  trabajar tan temprano y hasta tan tarde, etc., etc.… y tantas cosas más que uno piensa cuando camina sin ganas de caminar y arrastrando a un cachorro que se detiene en cada árbol, planta u objeto  de mediano tamaño para  hacer sus necesidades 

Llevaba varios minutos caminando con el perro cuando pasamos por una calle pocas veces transitada porque desde hace  varios meses, habían derrumbado una casa por completo y en el terreno  habían estado construyendo una nueva, razón por la que gran parte del pavimento había estado congestionado de herramientas y maquinarias de construcción. El letrero de “en venta” había desaparecido hace varias semanas, seguramente ya había sido vendida esa nueva propiedad. Cuando crucé la primera vez, después de mucho tiempo, aún la casa era cubierta por una especie de telón negro como si fuera una obra de arte esperando a ser  destapada entre aplausos y copas de vino y en que realidad era  una costumbre utilizada por las inmobiliarias para no mostrar el producto hasta que este terminado. La inmensa maya negra evitó que le prestase atención. Pero esta segunda vez fue distinto,  andaba con el perro por la acera de enfrente cuando  pasamos por la casa, un vehículo enorme de mudanza bloqueaba  la vista  por lo que seguí caminado, cuando sin pensarlo el vehículo emprendió la marcha  lentamente  dejando ver la hermosa casa haciéndome recordar esas presentaciones en bares o teatros donde una cortina enorme  descubre a la artista principal  muy suave y lentamente, mostrando poco a poco sus encantos. Así parecía el inmenso vehículo que deleitaba mi vista  despojando de la invisibilidad a esa casa ante mis ojos.

 

Era una casa bellísima de dos plantas, con unas ventanas colosales en la primera planta, una puerta principal enorme al estilo  del medioevo, protegida por dos pilares bellamente decorados  color marfil,  un jardín  con césped perfecto y un caminito hacia la puerta hecho de inmensas piedras pulidas. Las ventanas estaban  cubiertas con  cortinas blancas tan enormes como las mismas ventanas, y las dos ventanas superiores vistas desde frente  también  estaban recubiertas, solo que de un vidrio mucho mas opaco que impedía la visibilidad desde fuera anisaba saber quienes eran los afortunados, los nuevos vecinos propietarios de la casa más linda de toda la vecindad, dueños seguramente de toda la envidia de los vecinos y también de la mía. Había visto durante meses el letrero de venta de esa casa, mucho más tiempo del normal, por lo general las casa en este lado de la ciudad se vendían rápidamente, fuese por lo lindo de la zona o por la astucia del agente inmobiliario, pero esta casa había conservado el letrero por tiempo record, lo que hacia pensar que era un inmueble  poco agradable. Nos equivocamos.

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