BUSCANDO EL AMOR DESDE EL MIRADOR
Siempre he creído que los miradores tienen algo mágico en su estructura. Claro, se podría pensar que el sólo hecho de tener una vista privilegiada al mar en su construcción ya es una ventaja sobre cualquier otro inmobiliario y no falta razón, pero me refiero a “algo más”. Por ejemplo, a mi me ocurrió una anécdota no en un inmueble con vista al mar sino en un mirador que podemos llamar oficial, es decir en un faro y de la manera más graciosa. Para esto, debo decir que en todos los años que alquilé un inmueble con buena vista, ya sea hacia el mar o hacia la ciudad, nunca me había ocurrido nada semejante, más bien, en las reuniones que allí celebrábamos, el tenor era otro y al final, la gente quería bajar a la playa en lugar de aprovechar la vista que les ofrecía mi casa. Es una especie de boomerang y generalmente no surte el efecto deseado, al menos en las mañanas, aunque en las noches me sucedía lo mismo y mi pareja de turno siempre quería ir a pasear por el malecón o incluso a la misma orilla de playa. En fin, tuve que viajar hasta Perú para ver concretado mi sueño de hacer el amor mirando el mar desde lo alto y sin proponérmelo.
En efecto, en todos estos veranos en España no había podido cumplir mi sueño y eso que alquilé casas con miradores espectaculares en la Costa del Sol, ni siquiera en la vecina Portugal pude concretar mi sueño que hasta ya se me había olvidado. Fue a raíz de un viaje a Perú que concrete mi sueño. En un principio el viaje estaba proyectado hacia la ciudad del Cusco y así fue, sin embargo eso no impidió que me trasladara a la capital en el último fin de semana. Corría el mes de Marzo de aquel año y el verano se alejaba en el hemisferio sur, por otra parte era época de lluvias y deslizamientos en la serranía por lo que decidí no realizar el tour terrestre por el interior del país como me había propuesto inicialmente. Tomé el avión que me dejó en poco menos de una hora en la capital, Lima. Una vez allí me instalé en una conocida cadena hotelera en el distrito de Miraflores y casi a expensas del litoral, desde mi habitación tenía una magnífica vista de uno de los centros comerciales más bonitos de la ciudad que comparte terreno con el acantilado de la costa del Pacífico. Ustedes estarán pensando que en ese hotel fue donde pude cumplir mi sueño, pues déjenme decirles que no, eso hubiese sido muy común y no es que me faltaran ganas sino que el Destino tenía otros planes.
Mi llegada a Lima fue un viernes en horas de la tarde, el sol moría y yo dejaba el aeropuerto rumbo a mi hotel, el cielo estaba despejado y el crepúsculo se formaba tórridamente sobre el horizonte. Cuando abrí las cortinas de mi habitación me topé con un hermoso color anaranjado que teñía los edredones cremas de mi cama, el mar se veía quieto desde el séptimo piso del hotel y el mayor movimiento correspondía a las instalaciones del centro comercial. Mi posición era privilegiada pues el ruido no llegaba hasta mi habitación, me quedé contemplando la belleza natural que me ofrecía la vista, algunos pájaros volaban tímidos en el horizonte buscando su refugio a última hora. Esa misma noche, pacificado, bajé al centro comercial que quedaba apenas cruzando la calle de mi hotel y me confundí entre la gente, viajaba sólo. Me senté en uno de los locales del centro comercial y ordené un helado de mi sabor favorito, la lúcuma. Mientras tomaba el helado pude contemplar el mar de noche, con algunas luces encendidas que correspondían a los faros de la autopista que discurría a nivel del mar. Sin embargo, me llamó la atención un haz de luz que provenía por derecha de donde estaba sentado. A juzgar por el movimiento y el ángulo, diría que se encontraba a menos de un kilómetro de distancia de mi posición y decidí consultarle a una de las meseras. En eso estaba, moviendo la cabeza y alzando la vista por encima de las mesas como buscando a alguien que me atendiera, cuando escuché una voz a mis espaldas que me preguntaba si deseaba algo. Volví la mirada y me topé con una hermosa chiquilla, tendría 23 años como máximo, su rostro era angelical, de rasgos muy finos, las cejas muy bien delineadas y los ojos verdes con mirada sagaz. Su cabello era lacio y negro y de rato en rato caía por los costados del rostro obligando a la muchacha a acomodárselos con una sensualidad propia de una comedia pícara italiana. Tartamudeando, logré preguntarle por la procedencia de las luces. Ella me confirmó que se trataba de un faro que quedaba muy cerca del centro comercial y yo, no se cómo, le pregunté si me lo podía mostrar luego de terminado su turno. Creo que estaba escrito porque la chica accedió de inmediato con una sonrisa que aún tengo grabada en mi mente. Terminé mi helado sin prisas y comencé a leer una revista que compré en el camino, faltaba una hora y más para que Mirtha terminara su turno. A las 9 en punto de la noche, se acercaba a mi mesa, de nuevo por detrás, y poniendo su mano sobre mi hombro, me indicó que estaba libre. Me puse en pie tratando de mantener la calma y nos fuimos al faro, a pie. El camino fue bastante corto en distancia y merced a la amena conversación.
Una vez que llegamos al faro, la tomé de la mano y le dije que quería subir hasta la torre, ella me indicó que eso no se podía hacer. Para entonces ya tenía la situación bajo control y le dije que confiara en mí. Me acerqué hasta la puerta y le ofrecí 50 dólares al vigilante que casi me los arranchó de la mano. Puerta libre. No había nadie más, las luces estaban en automático. Ahora era yo quien abrazaba a Mirtha por detrás y cumplía mi sueño.
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